Cinco centavos habilitan. Una moneda casi dracma casi óbolo que se derrite puesta al sol, en exposición a los rayos de un dios cualquiera -usted sabrá elegir, de serle posible-. El guardián cual centinela ofrece el sueño inefable de la literatura que no puede ser escrita y toma en prenda un tajo del alma. Ah, pero hay que tenerla, disponer de una. Y de un sueño. Siempre perseguidos por el tigre, los sueños. Siempre amenazados por Asterión, rey de los pasillos matemáticos, místicos pero sentimentales pero desiguales porque una vez que usted ha ingresado, gozosamente, las paredes se achican o agigantan, los derroteros se enrebuscan, se enrabiscan, los recodos son imposibles, como la sintaxis añorada a la que no se llega jamás.
Y yo, un servidor sin ninguna intención de servilismo y con las debidas cuotas de cinismo ya dejadas en el camino, ya pisoteadas, estropeadas como un dracma hachado que ha perdido su valor completo de colección.
Cinco centavos habilitan el sueño.
Cinco centavos.
Y un recuerdo.
Adelante.
L.N.

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