¿De
dónde llovió el acero? ¿Qué es esta densidad manifiesta instalada en el aire
díscolo? Laceración del infinito en porciones, degeneración del oxígeno
benevolente, envolvente de alubias y de alondras, petrificadas, putrefactas
púnicas infames, la elocuencia de un orador Demóstenes con guijarros en la boca
que le grita al mar total, impávido, una textualidad del cuerpo roto, una
designación estatuida en bocados que gangrenan anhelos libertarios, una pasión
de besarte los pechos como si un niño degenerado, como si un gamo que rompe la
llanura que deja atrás y cada vez más atrás, atentos los ojos del centinela que
es siempre centinela de los otros, a bajo costo, ennegrecido el socavón de
tanto insultar a la tierra y llantos que llora la diosa inaccesible. Una lluvia
de soledades y un sitio escondido y sórdido donde permitir que la poesía, en el
silencio de una noche entumecida, escupa impúdica algunas esquirlas de lo
diferente para alcanzar, no más que por un rato, no más que por un rato, el
color de una cereza.
L.N.

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