La inmensidad del tiempo.
La intensidad de un momento.
Lo encierro todo en una palabra.
El pedestal de la naturaleza,
la ironía de la tristeza abisal.
Este volcán que toco con el dedo
soy yo mismo.
La densidad de una cigarra en celo.
Este cigarro que fumo
y dibuja caprichos en el aire vasto.
La mujer que amo se ha dormido
apenas después de un encuentro tectónico;
la escupí de lava:
su piel, intacta, se ve calcinada
pero se ha dormido.
Es una mujer que a cuentagotas
si se permite volverse salvaje.
Un árbol de tilo,
el calor agobiante
y la buena falta que me hacen
una copa de vino
y una pluma para poder escribir estos versos
que en vano pretendo memorizar.
La noche de las noches,
el ánima y las sinrazones,
un escorpión de telúrico significado,
un sintagma amante de colmillos interesados,
el primer suspiro tras la fundación de Roma,
una gema distante,
libros en pila como torre de Pisa.
Nada alrededor,
lo deshago todo con un pestañeo
de mis párpados ígneos,
áuricos, tétricos.
La nada,
poco más que un abismo de cinco metros,
la metralla,
el humo
y una pluma bastarda,
que falta.

L.N.

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