No tengo alternativa. Es el agujero. Es el vacío. Es la incógnita detrás de lo unánime. Lo desconocido. Abanicarse contra el calor cualquier tarde de enero con los cigarrillos contados y un sinsabor de colores oscuros y la certeza siempre de un mañana sin vos. Tan lejana te me quedaste, a mitad de camino, ni me dejaste arrancar, no permitiste que te llevara de la mano, tus botas sin suela y mis ganas que hicieron agua y me acomodo a la idea fatal de que no me has querido y como llevo prendida la melancolía de un hombre de puerto y de la palabra me vuelvo trágico, inevitable, ineludible vaivén y viceversa del columpio de un sino sucio, con olor a muerte y todo, y una dejadez que no me permite evadirme pero a la vez una entereza de haberte dicho que te quedé grande, demasiado grande y vos que vomitaste sobre mi poesía y sobre las cosas que nos erizaron la piel alguna vez. Tu boca una boca mentirosa, tus ojos ladinos y tu alma que fue sombra de un alma se propuso un vals que no quiso bailar jamás conmigo, conmigo, el de la palabra y las gotas de lluvia sobre la cara, un mirar al cielo pequeño, apocado, diminuto de longitudes y de sentido porque mi palabra supo regalarte un cielo otro que despreciaste. Tu desprecio creó el agujero y allá voy como rodando sin fuerzas y sin ganas pero con la conciencia de lo sublime en cada sintagma y mi sola piel erizada por unos versos de Darío que a vos te resbalaron, te fueron una nieve de silencio y molestia, una nadería de la sinrazón, tu discurso insostenible y el contraste con mi deseo, el fuego y la palabra, el volcán imparable, insobornable, la lujuria en el cenit que te mareaba, que te mareaba mientras mi boca un beso tan beso malgastaba.
De suerte, van los peces.

L.N.

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