¿Qué hago con el hambre?
¿Qué hago con el hambre y los dolores de una panza
vacía?
Han de querer vaciarme el alma también.
Pero resulta, compadre, que la Poesía.
Pregunto qué hago con el hambre,
con los que mueren de frío,
con los que lloran de miedo.
Un vacío sideral oscuro,
lúgubre de andar pateando la calle.
Si hasta le miento a mi hijo,
si hasta le digo, varado en el abismo,
que está bien, que ya he comido,
que le entre tranquilo a su plato,
plato de colores que son cada vez menos.
Barro en las patas,
polvo en los bolsillos,
se deja de pitar a la fuerza.
Se duda.
Es una duda horrible, mefistofélica,
famélica de dientes flojos,
como un irse cayendo sin saber cuándo se llega.
Los brazos casi sin fuerza.
La mirada perdida,
estoica por andar buscando la palabra,
una palabra de final de soneto,
pero perdida.
Asmático resonar de cansinas pisadas,
huellas de fantasma indignado,
sorpresa avara de desayuno con mate,
con yerba secada al sol
-quién diría-.
Ni vino para una oda.
Ni lágrimas porque nunca me supe llorar
-pero qué bien me vendría
un par de lágrimas de cada ojo,
un par de lloros en cada lágrima-.
¿Qué hago con el hambre?
Si hasta mi compañera me han sacado.
Y yo, que escribo,
que hago con mi pluma un milagro malamente,
un milagro que a Dios se le escapa, claro,
busco a la compañera que me han sacado
y me pregunto,
mientras me doblo
y me agarro la panza…
L.N.

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