Un corazón excéntrico, fuera de sí.
Una voz sin voz que vomita, escatológica,
la verdad del hambre.
Unos ojos que son los míos,
son unos ojos de ausencia,
también sin voz,
también sin vos.
Una paloma y una alondra
-no he visto una alondra en mi vida.
Pero la invento,
la nombro y la creo,
le doy su voz,
la hago volar.
Que vuele no más si así lo quiero,
si así lo nombro-.
Volar quise contigo;
tan alto y tan lejos
si me hubieras dejado llevarte.
Pero tu miedo.
Pero tu voz sin voz.
Mis botas prestas para echar a andar.
Le escupo a tu cielo ciego de tan negro,
brusquedad de estrellas sin brillo,
tu prole y tus vísceras y tu simiente inocua.
Y yo sin whiskey
porque demasiado whiskey
haciendo como que vivo
empujado por un viento de los antiguos,
una fuerza que es de barro,
un furor infrarrojo
y una letanía de piedras santas.
Yo que me he quedado sin vuelo,
yo que fumo y me estoy, simplemente,
despojado de toda virtud, de toda esperanza
me aferro con estas raíces de papa,
rabdomante ingrato de tu deseo inmóvil,
a la unanimidad de la palabra;
me duermo, a veces,
pletórico y con sed de tu saliva sucia
y hago como que vivo.
Algunas tardes,
entre las masas que protestan como es debido,
persigo,
inútilmente,
una mariposa grave.
L.N.

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